Para
Gabriel, mi motivo.
Eran las 10.00 de la mañana,
había terminado el desayuno. Se sentó en una silla de la terraza del Hotel
Astoria, miró a un lado y a otro, se encendió un cigarrillo y se dispuso a leer
la prensa, como todas las mañanas, con el mismo escepticismo que últimamente le
corroía y con escasas esperanzas de que aquel día fuera a recibir buenas
noticias.
Diez minutos después ya
se dio por satisfecho. No tenía sentido lamentarse cada día por la situación
que estábamos viviendo, por lo que decidía no compartirlo conmigo, ya estaba
cansado de evangelizar ideas utópicas, me decía, el mundo no es tan redondo
como algunos lo pintan.
Papá siempre había
sido un gran orador, un inconformista convencido y un soñador, todo lo
contrario a lo que se había ido convirtiendo con los años, desde que mamá
falleció.
Ahora podía
compararse con muchas de esas personas que no quieren ver más allá de su propio
bigote, con la única diferencia de que él sí lo había hecho en el pasado.
La verdad es que, a
pesar del ancho umbral que me separaba de él, yo había heredado de alguna
manera su afán por las buenas maneras, su aprecio incondicional a la vida y su
capacidad crítica de cuando era joven. No esperaba que él se diera cuenta de
ello, simplemente era yo misma y prefería seguir mi propio camino, como había
tenido que hacerlo casi desde que tenía 15 años, cuando ocurrió todo.
Ahora estaba frente a
él, observando cada uno de sus movimientos refinados y con una expresión facial
casi dormida.
Debíamos darnos
prisa, el tren no tardaría en partir y todavía había que abandonar la
habitación del hotel.
Atrás quedaba un fin
de semana como muchos otros compartidos, con aquellos paseos en los que tanto
me gustaba ir cogida de su brazo, enseñándole de nuevo mi ciudad, como si nunca
antes la hubiésemos hecho nuestra.
Entre muchas otras
cosas, lo que más nos gustaba era pasear por las calles próximas a la Plaza de
la Virgen, sentir la brisa de Levante del antiguo cauce del río y contemplar la
inmensidad de aquella ciudad que, con el tiempo, ya había hecho mía.
Ahora papá debía
partir de nuevo y yo procuraba alargar el tiempo, como si pudiera hacerlo, como
si tuviera ese poder. ¿Y si le hubiese pedido que no se marchara?
De camino a la
estación no supimos decirnos nada, como tantas otras veces. En cuanto llegamos,
buscó el reloj con mirada impaciente, se aproximó a la vía y echo un vistazo
rápido a su billete. El tren salía en media hora y mi corazón insistía en no
dejarle ir.
Le propuse tomar un
café mientras esperábamos y él aceptó, sin demasiado entusiasmo.
Quizá hubiese sido
mejor esperar en el andén, compartiendo aquel silencio embaucador.
Sin embargo, a pesar
de todo, yo me empeñaba en volver a sentir todo lo que sentía a su lado cuando
todo era distinto, antes de que ocurriera todo. Pero se tomó el solo de dos
sorbos y se limitó a decir que quizá cuando llegara a su destino sería
demasiado tarde para coger el metro y debería tomar un taxi. Entre tanto, yo le
miraba, asentía con la cabeza y dejaba entre ver en mi mirada el brillo
especial de una lágrima apunto de precipitarse lentamente.
Con la exquisita
actitud de pater familias tendió
sobre la mesa un billete de diez euros, se levantó, se puso la chaqueta,
recogió la silla y suspiró.
Nos apresuramos hacia
las vías, que se empapaban de la ternura de despedidas de padres, hijos,
enamorados, amigos… y del adiós de una hija a su delicado padre.
Papá subió al tren y,
desde su ventana, esbozó una de esas sonrisas que decían tanto con muy poco.
Fue la última vez que
lo vi. ¿Por qué no le pedí que se
quedara?
Ahora escribo estas
líneas desde el mismo lugar en que veía a mi padre leer el periódico silencioso
y con el corazón debilitado.
La vida está llena de
pequeños momentos, lugares, paisajes… que son los que dan sentido a la memoria
de nuestras vivencias. Este es uno de estos lugares, justo en el mismo rincón
en el que papá se sentó, en el Hotel Astoria, y justo en este instante es
cuando termina mi pequeño relato, un relato para recordar.