viernes, 29 de junio de 2012

Machado siempre...

A la desierta plaza 
conduce un laberinto de callejas. 
A un lado, el viejo paredón sombrío 
de una ruinosa iglesia; 
a otro lado, la tapia blanquecina 
de un huerto de cipreses y palmeras, 
y, frente a mí, la casa, 
y en la casa la reja 
ante el cristal que levemente empaña 
su figurilla plácida y risueña. 
Me apartaré. No quiero 
llamar a tu ventana... Primavera 
viene ?su veste blanca 
flota en el aire de la plaza muerta?; 
viene a encender las rosas 
rojas de tus rosales... Quiero verla...

domingo, 10 de junio de 2012

Pere Rovira, Avui, gener 2005


Venècies
Si un crepuscle mai no és decadent, com ha de ser-ho el crepuscle de
Venècia? És la millor hora dels colors del cel i de l'aigua, té la llum que
volen els marbres antics i les parets ocres i rogenques i el silenci viu de la
ciutat. Un silenci que admet les veus, les passes i els sorolls de l'espuma i
dels motors de les barques. És l'hora més alta de la mirada. Energia no
significa agressió, com ja quasi estem obligats a pensar. L'energia pot estar
feta de pau apassionada i calma encesa, com en les aquarel·les venecianes
d’algun pintor anglés. Venècia quedarà, com ha quedat sempre: és una de
les proves més certes del gust, del valor i de la dignitat humanes.

domingo, 3 de junio de 2012


                                                                                                    Para Gabriel, mi motivo.

Eran las 10.00 de la mañana, había terminado el desayuno. Se sentó en una silla de la terraza del Hotel Astoria, miró a un lado y a otro, se encendió un cigarrillo y se dispuso a leer la prensa, como todas las mañanas, con el mismo escepticismo que últimamente le corroía y con escasas esperanzas de que aquel día fuera a recibir buenas noticias.

Diez minutos después ya se dio por satisfecho. No tenía sentido lamentarse cada día por la situación que estábamos viviendo, por lo que decidía no compartirlo conmigo, ya estaba cansado de evangelizar ideas utópicas, me decía, el mundo no es tan redondo como algunos lo pintan.

Papá siempre había sido un gran orador, un inconformista convencido y un soñador, todo lo contrario a lo que se había ido convirtiendo con los años, desde que mamá falleció.
Ahora podía compararse con muchas de esas personas que no quieren ver más allá de su propio bigote, con la única diferencia de que él sí lo había hecho en el pasado.

La verdad es que, a pesar del ancho umbral que me separaba de él, yo había heredado de alguna manera su afán por las buenas maneras, su aprecio incondicional a la vida y su capacidad crítica de cuando era joven. No esperaba que él se diera cuenta de ello, simplemente era yo misma y prefería seguir mi propio camino, como había tenido que hacerlo casi desde que tenía 15 años, cuando ocurrió todo.

Ahora estaba frente a él, observando cada uno de sus movimientos refinados y con una expresión facial casi dormida.
Debíamos darnos prisa, el tren no tardaría en partir y todavía había que abandonar la habitación del hotel.

Atrás quedaba un fin de semana como muchos otros compartidos, con aquellos paseos en los que tanto me gustaba ir cogida de su brazo, enseñándole de nuevo mi ciudad, como si nunca antes la hubiésemos hecho nuestra.
Entre muchas otras cosas, lo que más nos gustaba era pasear por las calles próximas a la Plaza de la Virgen, sentir la brisa de Levante del antiguo cauce del río y contemplar la inmensidad de aquella ciudad que, con el tiempo, ya había hecho mía.

Ahora papá debía partir de nuevo y yo procuraba alargar el tiempo, como si pudiera hacerlo, como si tuviera ese poder. ¿Y si le hubiese pedido que no se marchara?

De camino a la estación no supimos decirnos nada, como tantas otras veces. En cuanto llegamos, buscó el reloj con mirada impaciente, se aproximó a la vía y echo un vistazo rápido a su billete. El tren salía en media hora y mi corazón insistía en no dejarle ir.

Le propuse tomar un café mientras esperábamos y él aceptó, sin demasiado entusiasmo.
Quizá hubiese sido mejor esperar en el andén, compartiendo aquel silencio embaucador.
Sin embargo, a pesar de todo, yo me empeñaba en volver a sentir todo lo que sentía a su lado cuando todo era distinto, antes de que ocurriera todo. Pero se tomó el solo de dos sorbos y se limitó a decir que quizá cuando llegara a su destino sería demasiado tarde para coger el metro y debería tomar un taxi. Entre tanto, yo le miraba, asentía con la cabeza y dejaba entre ver en mi mirada el brillo especial de una lágrima apunto de precipitarse lentamente.

Con la exquisita actitud de pater familias tendió sobre la mesa un billete de diez euros, se levantó, se puso la chaqueta, recogió la silla y suspiró.
Nos apresuramos hacia las vías, que se empapaban de la ternura de despedidas de padres, hijos, enamorados, amigos… y del adiós de una hija a su delicado padre.
Papá subió al tren y, desde su ventana, esbozó una de esas sonrisas que decían tanto con muy poco.
Fue la última vez que lo vi.  ¿Por qué no le pedí que se quedara?

Ahora escribo estas líneas desde el mismo lugar en que veía a mi padre leer el periódico silencioso y con el corazón debilitado.

La vida está llena de pequeños momentos, lugares, paisajes… que son los que dan sentido a la memoria de nuestras vivencias. Este es uno de estos lugares, justo en el mismo rincón en el que papá se sentó, en el Hotel Astoria, y justo en este instante es cuando termina mi pequeño relato, un relato para recordar.