Lucía se levantó aquella mañana con una extraña sensación de libertad. Dos horas antes se había despertado exaltada por el temible sonido de su viejo despertador, que puntualmente se había hecho de notar durante aquel largo curso a las 7.00 a.m. Sin embargo, aquel día su trabajo había sido en vano, Lucía ya no tenía que amanecer temprano, ya no debía preocuparse por preparar el material de clase o por qué ropa ponerse. Era el primero de sus sesenta y seis días de vacaciones.
Así, envuelta por aquella maravillosa sensación de alivio, apagó la alarma, cerró los ojos y siguió soñando.
Dos horas después, no tenía más sueño y decidió levantarse de la cama. Fue entonces cuando, por fin, se sintió libre. El sonido de la mañana brillaba más que nunca y la luz del sol parecía hablarle de música, de esa melodía que tanto ansiaba escuchar:la melodía de la quietud, del descanso, de paz...
Enamorada de esas sensaciones, saltó de su cama con una enorme sonrisa, se preparó su habitual café con leche y salió a la terraza con su taza en una mano y su cuaderno en la otra.
Casi hacía un año del momento en que decidió que aquella libreta de tapas duras que tanto le gustaba y a la que nunca deba uso, sería su vía de escape en esos momentos en que, simplemente, necesitara desahogarse y escribir.
Lucía amaba esos momentos en los que solo estaban ellos dos y le llenaba de alegría saber que,desde ese día, podría hacerlo aún más suyo.
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domingo, 30 de junio de 2013
domingo, 24 de marzo de 2013
Jordi Sierra i Fabra
La mano se convirtió en una zarpa. El otro hombre le puso la suya a Salvador en el hombro.
—Oiga, venimos a trabajar... —Carmen sintió que un enorme peso lastraba su cuerpo y convertía en inconexas sus palabras—. Mi marido y su primo nos han encontrado trabajo, a mis hijas y a mí, porque el niño va a estudiar. Si me dejan ir a buscarle... Él les contará... Tenemos casa. Tenemos donde ir... Por favor...
El hombre tiró de ella. Ya no la escuchaba.
—Tu vigila que no echen a correr —le dijo a su compañero.
—Mamá... —se asustó Salvador.
—¡Andando!
—No pueden hacer esto... ¿Qué es lo que pasa? ¿A dónde nos llevan?
—No sé a qué vienen todos aquí, por Dios, con una mano delante y otra atrás —el hombre no parecía dirigirse a ella, sino hablar en voz alta—. Como les dé por hacerlo en masa...
—Venimos porque aquí hay trabajo —habló por primera vez Fuensanta—. Allí sólo hay hambre.
El primer hombre se detuvo. No soltó el brazo de Carmen. Se encaró con la muchacha y su rostro grave se convirtió en una máscara seca y endurecida.
—En esta España nadie se muere de hambre, niña.
Fue como si se lo escupiera a la cara, palabra por palabra.
Pero lo peor fueron los ojos.
—Por favor... —gimió por última vez Carmen.
—Oiga, venimos a trabajar... —Carmen sintió que un enorme peso lastraba su cuerpo y convertía en inconexas sus palabras—. Mi marido y su primo nos han encontrado trabajo, a mis hijas y a mí, porque el niño va a estudiar. Si me dejan ir a buscarle... Él les contará... Tenemos casa. Tenemos donde ir... Por favor...
El hombre tiró de ella. Ya no la escuchaba.
—Tu vigila que no echen a correr —le dijo a su compañero.
—Mamá... —se asustó Salvador.
—¡Andando!
—No pueden hacer esto... ¿Qué es lo que pasa? ¿A dónde nos llevan?
—No sé a qué vienen todos aquí, por Dios, con una mano delante y otra atrás —el hombre no parecía dirigirse a ella, sino hablar en voz alta—. Como les dé por hacerlo en masa...
—Venimos porque aquí hay trabajo —habló por primera vez Fuensanta—. Allí sólo hay hambre.
El primer hombre se detuvo. No soltó el brazo de Carmen. Se encaró con la muchacha y su rostro grave se convirtió en una máscara seca y endurecida.
—En esta España nadie se muere de hambre, niña.
Fue como si se lo escupiera a la cara, palabra por palabra.
Pero lo peor fueron los ojos.
—Por favor... —gimió por última vez Carmen.
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