domingo, 24 de marzo de 2013

Jordi Sierra i Fabra


 La mano se convirtió en una zarpa. El otro hombre le puso la suya a Salvador en el hombro.
    —Oiga, venimos a trabajar... —Carmen sintió que un enorme peso lastraba su cuerpo y convertía en inconexas sus palabras—. Mi marido y su primo nos han encontrado trabajo, a mis hijas y a mí, porque el niño va a estudiar. Si me dejan ir a buscarle... Él les contará... Tenemos casa. Tenemos donde ir... Por favor...
    El hombre tiró de ella. Ya no la escuchaba.
    —Tu vigila que no echen a correr —le dijo a su compañero.
    —Mamá... —se asustó Salvador.
    —¡Andando!
    —No pueden hacer esto... ¿Qué es lo que pasa? ¿A dónde nos llevan?
    —No sé a qué vienen todos aquí, por Dios, con una mano delante y otra atrás —el hombre no parecía dirigirse a ella, sino hablar en voz alta—. Como les dé por hacerlo en masa...
    —Venimos porque aquí hay trabajo —habló por primera vez Fuensanta—. Allí sólo hay hambre.
    El primer hombre se detuvo. No soltó el brazo de Carmen. Se encaró con la muchacha y su rostro grave se convirtió en una máscara seca y endurecida.
    —En esta España nadie se muere de hambre, niña.
    Fue como si se lo escupiera a la cara, palabra por palabra.
    Pero lo peor fueron los ojos.
    —Por favor... —gimió por última vez Carmen.

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