domingo, 30 de junio de 2013

Capítulo I

Lucía se levantó aquella mañana con una extraña sensación de libertad. Dos horas antes se había despertado exaltada por el temible sonido de su viejo despertador, que puntualmente se había hecho de notar durante aquel largo curso a las 7.00 a.m. Sin embargo, aquel día su trabajo había sido en vano, Lucía ya no tenía que amanecer temprano, ya no debía preocuparse por preparar el material de clase o por qué ropa ponerse. Era el primero de sus sesenta y seis días de vacaciones.
Así, envuelta por aquella maravillosa sensación de alivio, apagó la alarma, cerró los ojos y siguió soñando.

Dos horas después, no tenía más sueño y decidió levantarse de la cama. Fue entonces cuando, por fin, se sintió libre. El sonido de la mañana brillaba más que nunca y la luz del sol parecía hablarle de música, de esa melodía que tanto ansiaba escuchar:la melodía de la quietud, del descanso, de paz...
Enamorada de esas sensaciones, saltó de su cama con una enorme sonrisa, se preparó su habitual café con leche y salió a la terraza con su taza en una mano y su cuaderno en la otra.
Casi hacía un año del momento en que decidió que aquella libreta de tapas duras que tanto le gustaba y a la que nunca deba uso, sería su vía de escape en esos momentos en que, simplemente, necesitara desahogarse y escribir.
Lucía amaba esos momentos en los que solo estaban ellos dos y le llenaba de alegría saber que,desde ese día, podría hacerlo aún más  suyo.

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