martes, 3 de julio de 2012

Un modelo en el que reflejarnos


la escuela de barbiana
                                                             Irene Sanchis Giner

En un momento en el que la educación está en crisis, en el que cada vez hay menos lugar para recursos materiales que nos permitan evolucionar en la tarea docente de una manera adecuada, es necesario observar, analizar e, incluso, en algunas ocasiones, imitar modelos cuyo éxito sea un buen referente a seguir.
Es el caso de la escuela Barbiana, fundada por  Don Lorenzo Milani, un hombre que dedicó toda su vida a educar a los más desfavorecidos.
Se trata de una escuela con una metodología distinta a las escuelas actuales de nuestro país pero que, sin embargo, es un modelo pedagógico que cumple muchos de los objetivos que persigue el sistema educativo de hoy.
Partiendo de la idea de que todos estaban capacitados para los estudios, este sacerdote creó una escuela al aire libre, sin pizarras, dinámica, creativa y muy alejada de la enseñanza tradicional que hoy en día aún sigue vigente. Todo ello, aunque algunos a priori puedan creer lo contrario, resultó muy positivo para la formación de aquellos estudiantes de clase baja.
Don Milani nunca puso un suspenso y confió en la capacidad de sus alumnos, suponiendo, como se ha dicho antes, que todos eran capaces de aprender, mediante el esfuerzo y el estudio diario. Esto nos lleva a poner en tela de juicio algunas de las rotundas afirmaciones que los estudios psicológicos realizan, recomendando a los alumnos que estudien un ciclo medio o, incluso, abandonen sus estudios por causas de incapacidad o desmotivación. ¿Alguien se ha preguntado por qué se desmotivó aquel estudiante que no pasó de 2º de ESO? Don Milani sí lo sabía, porque confiaba en sus alumnos ¿Será el fracaso escolar un mal invento?
Por otro lado, esta escuela también se vio como una salida para los niños de las familias más desfavorecidas, una buena oportunidad para recibir una escolarización digna, a pesar de poseer pocos recursos. Sin embargo, quería que sus alumnos estudiaran todos los días de la semana, pues creía que solo una escuela de jornada completa podría igualar realmente al pobre y al rico. Algo parecido ocurre en mi centro de prácticas, cuyos alumnos extranjeros, como no dominan el idioma, deben recibir clase de español fuera del horario lectivo común a todos los estudiantes del centro.
Además, el lenguaje será para esta escuela el instrumento para armar a los pobres con las armas de la palabra y el pensamiento, alegando que Hay que tener el celo de elevar al pobre a un nivel superior ; no a un nivel igual al de la clase dirigente, sino superior: más humano, más espiritual, más cristiano, más todo…
Todo esto fue obra de un hombre con un espíritu lleno de utopía, cuyas ideas le habían llevado al destierro por parte de la Iglesia, pero que no cesó en su compromiso con la justicia y veló por una escuela libre, comprometida e innovadora, que creó personas autónomas y competentes, salvándose de un tipo de educación incapaz de enseñar, solo de producir.
Fue un hombre crítico, de los que la sociedad de hoy día necesita, que nos hace creer que es posible una escuela atrevida, verdadera, sin fronteras, que atiende a la diversidad y sabe convivir con ella.
La muestra de su éxito la encontramos en la obra Carta a una maestra, escrita por ocho de sus agradecidos discípulos. En ella se describen algunos de los ejemplos de lo que no debe , de ningún modo, ser lícito en el aula y que pone de manifiesto muchos de los aspectos pedagógicos que aún hoy nos preocupan.
En nuestras manos está conseguir, como Don Milani, adaptarnos a los tiempos que corren y no depender de los recursos materiales que se nos ofrezcan, sino de nuestro ingenio y de nuestras ganas de ejercer la docencia de una manera apropiada, sin olvidar nunca el papel social tan importante que nos corresponder ejercer.

No hay comentarios:

Publicar un comentario